“Fortuna y el duende de la montaña”, la reciente novela infantil de Gerson Ramírez, no solo cuenta el rescate de un perrito: simboliza qué significa, en verdad, ser rescatado.
“Fortuna y el duende de la montaña”, la reciente novela infantil de Gerson Ramírez, no solo cuenta el rescate de un perrito: simboliza qué significa, en verdad, ser rescatado.

Hay novelas “infantiles” que gustan, entretienen y “dejan un mensaje”. Hay también otras que, sin renunciar al encanto de la ficción y la fábula, desencadenan una resonancia simbólica en el lector. “Fortuna y el duende de la montaña”, la más reciente publicación de Gerson Ramírez Ávila, pertenece a esta segunda estirpe de obras literarias. La obra nos presenta a Fortuna, “un simpático perrito” que, tras una tormenta y una decisión impulsada por la fidelidad a su dueño (José), queda atrapado en un cañaveral y expuesto al miedo, al hambre y a un amenazador incendio. Desde ese punto de partida, la narración desplaza el eje de la aventura hacia un territorio donde la naturaleza habla, escucha y decide, y en esa dinámica construye una de sus mayores virtudes.

Desafío lector

En el panorama de la literatura infantil peruana, este libro constituye un valioso aporte, porque elude la simplificación (ese consabido argumento de la historia sencilla “para que el niño la comprenda”) y desafía al lector desde la sensibilidad y el asombro. Su apuesta por un imaginario rural restituye, además, una geografía simbólica poco valorada en la actualidad.Gerson Ramírez construye la trama de su novela con una lógica de viaje iniciático, pero evita el esquema rígido y previsible del héroe victorioso. Fortuna (el perrito) sobrevive a pruebas físicas y espirituales a la vez —cautiverio, ataque, incendio, extravío del alma—. De este modo la tensión narrativa no solo depende del “qué ocurrirá”, sino de cómo el protagonista conservará su integridad y cómo logrará liberarse de la prisión (trampa).Este punto es crucial: la obra no se circunscribe a narrar un rescate; lo que hace, en realidad, es plantearnos una gran interrogante acerca de lo que significa, en verdad, ser rescatado. Cuando la historia plantea la separación entre cuerpo y alma, y hace del retorno de esta (del alma) la condición para preservar la vida de Fortuna, la novela eleva su registro y propone una metáfora que es necesario valorar e interpretar.

Los personajes

La construcción de los personajes materializa esa dimensión simbólica. Fortuna no es solo una mascota fiel. Representa a una conciencia que aprende: teme, duda, suplica, se asombra, etc. Y que, como fruto de ese aprendizaje, actúa de manera convencida para salvar al otro. En este aspecto, la acción deja de ser meramente doméstica y adquiere un valor ético. El duende de la montaña (el otro personaje principal), por su parte, configura un equilibrio infrecuente entre leyenda, ternura y extrañeza. Lejos del arquetipo plano del ser maligno o del guía solemnizado, aparece como una criatura de hábitos excéntricos, humor inesperado y poder real, cuya identidad secreta (Daniel, el niño ahogado) reordena retrospectivamente el sentido afectivo de toda la aventura. También los personajes secundarios y las criaturas del entorno cumplen funciones narrativas precisas. Las luciérnagas, la lechuza Dulia, el viento, el río y hasta los gallinazos no son simples adornos localistas: cada uno revela una forma de relación con Fortuna —vacilación, solidaridad, protección, reconocimiento— y, en conjunto, configuran una comunidad no humana en la que se funda y sostiene la trama de la novela.

Mención especial merece la lechuza Dulia, porque su episodio introduce una veta crítica de gran interés y notable sutileza crítica. Su intento de comunicar el peligro a José (dueño de Fortuna) fracasa. Pero, no por falta de verdad, sino por la imposibilidad de traducir mundos y por el prejuicio humano (el mal agüero). Aquí la novela de Gerson Ramírez insinúa, con finura, la tragedia que ocasiona la falta de una comunicación sensible e intercultural.

Plano expresivo

En el plano expresivo, la novela trabaja con imágenes de fuerte carga poética y una cadencia que prioriza el asombro antes que la estridencia. El realismo mágico y/o el componente fantástico aparecen como un valioso recurso de sensación y percepción. Fortuna oye voces remotas, conversa con animales, flota, y el lector acepta ese orden porque la narración lo integra a la experiencia emocional del personaje. La presencia de la montaña, la laguna, el cañaveral y los ciclos del viento remite a una sensibilidad donde la naturaleza no es simplemente un fondo paisajístico; es, más bien, sujeto de acción y memoria. Ese rasgo, cercano a la tradición oral y a una cosmovisión en la que los elementos del entorno tienen vida propia, le otorga al libro una textura cultural valiosa y una identidad claramente enraizada en nuestro ámbito.

Una apuesta valiosa

Por todo lo expuesto, considero que estamos ante una novela infantil de apreciable calidad literaria, capaz de conjugar aventura, simbolismo y memoria cultural, sin perder claridad narrativa. Su ligera exigencia —que, en realidad, es una oportunidad de crecimiento imaginativo—confirma una apuesta valiosa: ofrecer a la niñez peruana una historia donde volver a casa no significa solo regresar a un lugar, sino recuperar el vínculo con los otros, con la memoria y con aquello que nos devuelve el nombre de lo vivido.

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