En territorios históricamente postergados como Yapatera, un centro poblado afrodescendiente del distrito de Chulucanas, la violencia contra niñas y adolescentes se mezcla con racismo, género, edad y pobreza. En este contexto creció Ivana, joven afrodescendiente de 20 años, cuya historia no está marcada solo por su identidad cultural, sino por las formas cotidianas de discriminación que enfrentó desde niña.

“En el colegio o en espacios académicos, muchas veces prefieren a los varones solo por ser varones. Y si eres mujer y negra, es más difícil todavía”, señala Ivana, quien ha afrontado discriminación racial y de género.

Hoy Ivana trabaja con la Casa de la Cultura de Yapatera, un espacio vinculado al trabajo cultural de su familia, acompañando a adolescentes, especialmente madres jóvenes, para que retomen sus estudios y postulen a programas como Beca 18 en su modalidad afrodescendiente.

En Yapatera —añade— muchas adolescentes asumen responsabilidades de cuidado desde muy temprana edad. La maternidad adolescente, la falta de acceso a servicios y la ausencia de redes de apoyo refuerzan el abandono escolar.

“A los varones les dicen: tú puedes seguir estudiando. A las chicas, cuando son madres, les dicen: ya no. Yo quiero que ellas vean que su historia no se acaba ahí, que pueden alcanzar metas si se lo proponen… Muchas chicas repiten una historia que no eligieron. Por eso nosotras trabajamos para que sepan que pueden romper ese círculo”, indica.

Su historia no es un caso aislado, sino parte de un proceso más amplio donde otras adolescentes también están empezando a cuestionar lo que parecía normal en sus vidas.

A varios kilómetros de Yapatera, en una zona urbana de Piura, donde la violencia también se aprende en silencio, otra adolescente ha comenzado a descubrir que su voz sí puede cambiar el mundo. Su nombre es Yadira, una adolescente de 16 años que hace un par de años no era la que intervenía primero ni la que levantaba la voz en las reuniones escolares.

Hoy, esa misma adolescente es una de las voces jóvenes que replica mensajes de prevención de violencia y liderazgo en su comunidad desde el Consejo Consultivo de Niñas, Niños y Adolescentes (CONNA) de Veintiséis de Octubre. Su transformación no ocurrió de un día para otro. Se dio luego de participar en espacios de formación, escuchar a otras chicas, reconocerse como sujeta de derechos y, sobre todo, entender que su historia no estaba escrita de antemano.

“Nosotros no solo somos el futuro, somos el presente del Perú”, repite en las actividades donde participa, una frase que no aprendió como consigna, sino como convicción construida.

Desde que se integró al CONNA y al programa Liberando su Potencial – Avanzamos Todas del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), Yadira empezó a hablar de derechos, de violencia, de autocuidado y de proyectos de vida con otras adolescentes de su comunidad, a quienes motiva para que participen en acciones comunitarias.

A unos metros de Yadira, su madre, Grace, observa cómo su hija habla con naturalidad de violencia, derechos, educación, liderazgo. “Ella antes era la más calladita del grupo”, recuerda. “Ahora es la que lidera, la que mueve a todos, en el colegio, en su comunidad, en cualquier lugar donde esté”.

Grace reconoce que ese cambio no es una amenaza, sino una oportunidad. “Como padres a veces tenemos miedo, pero cuando le das confianza a un hijo, se siente seguro para seguir sus metas”, afirma.

Hoy, en su casa no solo se habla de tareas o quehaceres. También se conversa sobre derechos, oportunidades de estudio, programas educativos, prevención de la violencia y autonomía.

Cuando la violencia empieza en la infancia

Pero mientras Yadira construye liderazgo desde su escuela y su casa, miles de adolescentes siguen enfrentando solas un sistema que muchas veces no logra protegerlas, ni escuchar sus voces.

En Piura, la violencia contra niñas, niños, adolescentes y mujeres no es un hecho aislado, sino un patrón que se reproduce desde edades tempranas.

Según el Programa Nacional Warmi Ñan del Ministerio de la Mujer, entre enero y octubre de 2025 se atendieron 1,825 casos de violencia contra niños, niñas y adolescentes en la región Piura. De estos, 980 correspondieron a adolescentes de 12 a 17 años. El 70 % de las víctimas fueron mujeres.

La violencia sexual representa uno de los aspectos más graves, pues en ese mismo periodo se registraron 695 casos de violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes, de los cuales 474 fueron contra adolescentes. Además, se reportaron 199 casos de violación sexual, y 155 de ellos afectaron a adolescentes de 12 a 17 años.

Pero la violencia no se detiene al llegar a la adultez. Solo entre enero y setiembre de 2025, los Centros de Emergencia Mujer atendieron 5,693 casos de violencia contra mujeres y el grupo familiar en Piura. El 88.4 % de las víctimas fueron mujeres, y casi un tercio eran menores de 18 años. Además, el 48.6 % de las mujeres alguna vez unidas en Piura ha sufrido violencia por parte de su pareja, evidenciando cómo las violencias que empiezan en la infancia y adolescencia continúan en la vida adulta si no se interviene a tiempo.

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Por otro lado, Piura ocupa el tercer lugar a nivel nacional en número de partos en niñas y adolescentes, según el más reciente reporte del Centro Nacional de Epidemiología, Prevención y Control de Enfermedades (CNV). Entre enero y junio de 2025, se registraron 1,362 partos en adolescentes menores de 19 años. De ese total, 1,225 correspondieron a adolescentes que viven en zonas rurales. Asimismo, el registro también señala que son 17 niñas menores de 14 años que se convirtieron en madres en el 2025. Las cifras evidencian una alta concentración de partos adolescentes en regiones con alta presencia rural y dificultades de acceso a servicios básicos.

En este contexto, las adolescentes y jóvenes que hoy lideran procesos de prevención no solo responden a una estadística, sino que están intentando frenar un ciclo que sigue cobrando nuevas víctimas generación tras generación.

Las instituciones frente a la violencia

Pero ni Ivana ni Yadira están solas. Sus historias se desarrollan dentro de un sistema que debería protegerlas, escucharlas y acompañarlas. Un sistema que, según reconocen sus propios funcionarios, aún tiene serias fallas estructurales.

En un foro sobre prevención de la violencia de género organizado por Cutivalú, el coordinador de la Unidad de Atención a Víctimas y Testigos (UDAVIT) del Ministerio Público, José Luis Velásquez Quesquen, reconoce que la principal falla del sistema es la falta de empatía.

“Si no hay empatía en el sistema, la mujer no vuelve a denunciar. Si el personal no escucha bien, no trata con respeto o hace esperar horas, la persona se siente revictimizada y se va”, advierte.

Velásquez tiene claro que la respuesta no puede limitarse al trámite legal, sino que requiere implementar servicios diferenciados, como casas de acogida, que permitan proteger de inmediato a las víctimas, brindarles atención integral y evitar que regresen con su agresor.

“El sistema todavía obliga muchas veces a repetir una y otra vez lo ocurrido. Eso revictimiza. La articulación debe evitar el protagonismo institucional y centrarse en la persona”, remarca.

“Si dejamos de trabajar con adolescentes, estamos perdiendo la batalla antes de empezar”, advierte Ortelia Valladolit, coordinadora del área de Incidencia y Desarrollo de Cutivalú, al señalar que la prevención en esta etapa es clave para frenar la transmisión intergeneracional de la violencia.

Por su parte, Rosa León, representante del Consejo Regional de Igualdad de Género (CORIG), explica que es vital incorporar a los hombres en los procesos de prevención, reconociendo que no se puede combatir la violencia solo desde la mirada de las mujeres.

“El objetivo es que los varones no sean vistos solo como agresores, sino como aliados estratégicos en la prevención”, señala.

Para Carmen Murguía, coordinadora del proyecto Liberando su Potencial – Avanzamos Todas del UNFPA, —financiada por el Gobierno de Canadá y ejecutada en Piura, Ayacucho y San Juan de Lurigancho— prevenir en la adolescencia es vital para evitar que se repita el ciclo de violencia de generación en generación.

“La educación sexual, el autocuidado y la comprensión de derechos no empiezan a los 15 años. Si llegamos recién ahí, ya llegamos tarde”, afirma. Para Murguía, la adolescencia —especialmente entre los 10 y 14 años— es la ventana más efectiva para frenar prácticas nocivas como embarazos tempranos, violencia sexual, uniones forzadas y relaciones marcadas por estereotipos de género.

“En territorios históricamente postergados, esas niñas y adolescentes enfrentan más riesgos y menos redes de protección. Por eso la intervención debe empezar antes, no después”, subraya Murguía.

Pero, según Murguía, es el trabajo directo con adolescentes lo que puede cambiar la trayectoria de vida de miles de niñas. “Hemos visto que cuando se les brinda información clara, acompañamiento y espacios seguros, ellas mismas cuestionan roles impuestos, identifican riesgos y empiezan a tomar decisiones informadas”, comenta.

Un ejemplo de ello son las adolescentes que, tras su formación, están replicando sesiones educativas con sus pares en temas como consentimiento, relaciones sanas, violencia en el enamoramiento y autonomía corporal. “Su capacidad de comunicar ha crecido enormemente. No solo aprenden, ahora enseñan”, destaca.

Sin embargo, la intervención en adolescentes debe ir acompañada de un entorno que no las contradiga porque si sus familias siguen desinformadas, los avances se frenan. Por ello, en el 2026 tendrán un programa específico para padres, madres y cuidadores, porque son actores claves en sostener lo aprendido.

Para Murguía, prevenir en la adolescencia no es una apuesta menor sino una estrategia más efectiva y menos costosa para evitar que una niña violentada hoy sea una mujer atrapada en el mismo ciclo mañana. “Cuando fortalecemos a una adolescente, no solo cambiamos su historia. Cambiamos la de toda una comunidad”.

Con ella coincide Carlos Arcaya, coordinador territorial de los Centros de Emergencia Mujer en Piura, quien revela que han observado cambios positivos en adolescentes que han participado en programas de prevención. “Hay cambios desde el momento en que se les hace ver su rol importante en la sociedad, eso les ayuda mucho a ser más partícipes y a no caer en esa cadena de violencia de género”.

Ivana y Yadira no representan solo historias individuales de superación. Representan una forma concreta de intervenir en un ciclo que, si no se rompe en la adolescencia, se reproduce en la adultez.

Ambos coinciden en que trabajar con adolescentes no es una opción secundaria sino el punto de quiebre más estratégico para evitar que una niña violentada hoy sea mañana una mujer atrapada en la misma historia.

En sus comunidades y escuelas, ellas no están esperando que el Estado reaccione. Están actuando desde ahora. Porque romper el ciclo no ocurre con discursos, ocurre con decisiones, acompañamiento y presencia sostenida en las comunidades. Y hoy, en Piura, esa ruptura ya no es una promesa, sino un camino que han empezado a trazar hacia un futuro libre de violencia.