Por más que el izquierdista Roberto Sánchez han tratado de maquillar su propuesta radical de la primera vuelta a fin de ganar el voto de ciertos incuatos de Lima y de “centro”, hay dos cosas que las lleva tan en su ADN que no ha sido capaz de dejar de lado: su nexo con el asesino de policías Antauro Humala, quien se atribuye el haberle dado la mitad de los votos obtenidos el 12 de abril; y su nefesta intención de cambiar la actual Constitución, especialmente el capítulo económico.

En el primer caso, como comenté días atrás en este espacio, Sánchez pudo marcar distancia con ese sujeto durante el debate del domingo, pero no lo hizo. Optó por el silencio para dejar en claro que sigue atado al cabecilla del “Andahuaylazo”, que ahora se dedica a ponerle reservistas como “seguridad” en sus mítines de campaña. Insisto con la pregunta: ¿sigue vigente para propuesta para que este criminal sea ministro de Defensa o del Interior, o al menos el “responsable” de la lucha contra la criminalidad?

El otro aspecto no es menor. Por más que han hecho la payasada de sacar un nuevo plan de gobierno, Sánchez y Juntos por el Perú no han sido capaces de dejar de lado su propuesta de cambio de la actual Carta Magna, específicamente en lo relacionado al capítulo económico para darle al Estado un rol mayor en la economía, luego de señalar que el actual modelo, vigente desde 1993, “no ha repartido sus frutos entre todos”. Más claras no pueden ser las intenciones.

Llama la atención que en el nuevo plan de gobierno de Sánchez se mencione por un lado el cambio de Constitución, y por otro se hable de apuntalar el crecimiento de la economía y atraer inversiones, lo cual de por sí es una contradicción. ¿Quién, peruano o extranjero, va a invertir acá su plata si cabe la posibilidad de que el Perú tenga una Carta Magna como la de Venezuela o Bolivia, y donde mande un presidente seguidor de Hugo Chávez que repitió la palabra “¡exprópiese!” hasta que hundió a su país en la miseria?

El verdadero Sánchez es un radical de izquierda, socio de un criminal que ofrece fusilamientos y religión “tahuantinsuyana”, e impulsor de una nueva Constitución que le permita meter la mano en las reservas, ver al Estado como empresario para dar trabajo a los amigos y asegurar reelecciones eternas. ¿No hay votos en el Congreso para eso? Puede ser. Pero acá los legisladores opositores se compran con un plato de lentejas. ¿Lo dudan? Recuerden a “los niños” y a las bancadas de César Acuña y José Luna.