La decisión del excandidato presidencial Jorge Nieto Montesinos y del Partido del Buen Gobierno, de pedir a sus militantes viciar su voto en la segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, es un gesto tibio que no sirve de nada ante la enorme decisión que el país debe tomar el 7 de junio próximo.
Nieto y el Comité Ejecutivo Nacional de Buen Gobierno pueden decir lo que quieran para tratar de justificar su decisión –o la falta de una–, pero el voto viciado en segunda vuelta no produce ningún efecto institucional concreto, no invalida la elección, no genera ningún cambio y sí puede influir en cuál de los dos candidatos gana.
Nieto y su partido pueden escudarse en que su decisión es legítima, pero ¿cómo queda ante los ojos de un país que en este momento requiere que sus líderes políticos tomen una postura?
Al final, quien paga el precio de esta indecisión no es Nieto ni su partido, sino el ciudadano que votó por él creyendo en una alternativa distinta. Ese elector merece algo más que un eufemismo escrito en la cédula de sufragio. Merece un líder que, ante dos opciones imperfectas, tenga la valentía de decir cuál es el menor de dos males. Eso no es traicionar convicciones: es gobernar con responsabilidad, aunque sea desde la oposición.




