El Perú sigue atrapado en un círculo vicioso que parece no tener fin: la corrupción. El reciente estudio de Ipsos Perú para Proética revela que el 88% de los ciudadanos siente que este mal ha aumentado en los últimos cinco años. No es una percepción gratuita; es la constatación de que la podredumbre institucional se ha convertido en un obstáculo estructural para el desarrollo y la confianza pública.
Aún más preocupante es que el 85% de los encuestados identifica al Congreso como la institución más corrupta del país. Esta cifra, contundente y lapidaria, refleja el deterioro profundo de un poder del Estado que debería ser el referente del control político y la fiscalización. Sin embargo, hoy simboliza lo contrario: acuerdos bajo la mesa, intereses personales y una desconexión total con las necesidades de la ciudadanía.
Pero el problema no termina en los pasillos parlamentarios. También es un espejo para los electores. Somos nosotros quienes colocamos allí a quienes ahora repudiamos. La indignación no puede ser selectiva: el voto es una herramienta poderosa, pero también puede ser un arma de doble filo si se ejerce sin información, sin reflexión y sin criterios mínimos de integridad.
A pocos meses de las próximas elecciones, la responsabilidad vuelve a estar en nuestras manos. No basta con quejarnos del sistema ni repetir que “todos son iguales”. Es urgente informarse, comparar trayectorias, identificar señales de transparencia y, sobre todo, elegir a los mejores.




