Sería bueno preguntarnos como ciudadanos y electores, si en los comicios que se vienen seremos capaces de elegir un presidente que dignifique el cargo tan venido a menos en la última década, y un Congreso que represente a lo mejor de los peruanos, para que juntos lleven las riendas del país y ataquen los graves problemas que nos aquejan, en lugar de estar tratando –en el caso de los mandatarios– de sobrevivir en medio de escándalos; y de andar metidos en chanchullos, negociados y blindajes, si hablamos de los legisladores.
Tengamos en cuenta que en los próximos días podríamos tener al octavo mandatario en un periodo de diez años, en que hemos debido contar con solo a dos. Esa rotación es una vergüenza para cualquier país que quiera ser considerado viable o al menos serio. Y la cosa es más delicada su tomamos nota que dos gobernantes que sí cumplieron su periodo antes de esa década plagada inestabilidad, están presos por corrupción, como son Alejandro Toledo y Ollanta Humala.
Por eso la importancia de la elección que se viene, en la que lamentablemente hay un 42% de electores, según Datum Internacional, que aún no sabe por quién van a votar o que no lo hará por ninguna de las 36 opciones, lo que abre las puertas a que a último momento surja de la nada algún radical, estrambótico, payaso o improvisado que ande prometiendo cualquier disparate. Lo vimos en 2021 con la elección de Pedro Castillo, el que juraba que no habría más pobres en un país rico. ¿Se acuerdan?
La Presidencia de la República tiene que recuperar su brillo con alguien capaz y honesto, y con una vida incluso personal que no sea objeto de dudas. Ser jefe de Estado tiene que ser un honor que debe terminar con una salida por la puerta grande de Palacio de Gobierno, que nunca más debe ser una escala previa a terminar en los pasillos del Ministerio Público y quizá más tarde en el penal Barbadillo. Lo mismo va para los que aspiran a ser miembros del Congreso, que también está por los suelos.
En teoría estamos frente a una gran oportunidad para desterrar a los Vizcarras, Castillos y Jerís; y a los “mochasueldos”, “niños”, viajeritos, parranderitos y demás perlas del Congreso. Tampoco ayuda la oferta electoral que tenemos por delante, en que hay más cantidad que calidad, pero de hecho hay gente mejor a la que hemos tenido, y que son los grandes responsables de la inestabilidad de la última década, en que hemos podido crecer y avanzar mucho más.




