“Los golpistas” (Revuelta Editores, 2026), la reciente novela de Jaime Bayly, no solo cuenta la gran historia política de los tres días que duró el golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002, sino que también se dedica a los aspectos grotescos de ese momento particular de Venezuela, para mostrar una historia llena de personajes ridículos, nefastos y embusteros en la búsqueda del poder. Con una prosa ágil, efectiva, el escritor peruano apela al humor y la burla para bajar al llano a personajes históricos como Chávez y Fidel Castro, quienes aparecen sin esa aura mística de elegidos por el destino y la Historia que pregonaban en sus épocas. Bayly los muestra como sujetos que solo piensan en el poder, sin ningún tipo de honor ni dignidad, y con la única virtud de ser astutos para sobrevivir. La ironía a veces es sutil y, en otras partes, muy obvia. En ese estilo, la figura de Chávez llega a ser el más ridiculizado, con dos escenas que alcanzan el mayor nivel de irreverencia de la novela: cuando Chávez pasa por un examen de tacto rectal y su regreso a la presidencia manchado por un pasaje escatológico. En esas ocasiones, la narración parece un episodio de South Park. A la par del corto golpe, el libro explora la infancia de Chávez, marcada por el desprecio y la violencia de su madre, el desinterés de su padre y del amor de su abuela. El autor da más dimensiones al protagonista, con sus sueños y su posterior avance en la vida militar y sus planes de conspiración para convertirse en presidente a la fuerza. Sin embargo, no hace un contrapunto con el otro tiempo, porque la burla persiste y cada faceta de Chávez también es un esperpento. La tesis de esta parte del libro es que la infancia del político fue clave para lo que se convertiría posteriormente, y se muestra (muy dicho) cuando el político le cuenta a un psicólogo que su búsqueda del poder solo tuvo una razón: que sus padres lo quieran. La verdad de la mentira de la novela es que todos los golpistas, no solo los del 2002, no pensaban en la posteridad o en el porvenir del pueblo o en la democracia, sino en sus intereses propios, los cuales se conocen a través de sus acciones, ironizadas por el escritor, desde donde brota la contradicción, la incoherencia y la hipocresía de sus discursos y de la imagen pública que supieron vender tan bien. Las licencias de la ficción le permiten a Bayly crear una historia desmesurada y mordaz.